¿Por qué ir en busca de trabajo? Uno se planta delante del que proporciona trabajo y le tratan como a un mendigo molesto. “Ahora no tengo tiempo; vuelva más tarde”. En cambio, si el trabajador dice alguna vez: “Ahora no tengo tiempo o ganas de trabajar para usted”, entonces a eso se le llama revolución, huelga, socavamiento de los cimientos del bien común, y viene la policía, y regimientos enteros de militares y montan las ametralladoras. Francamente, a veces es menos bochornoso mendigar pan que pedir trabajo. Y yo me pregunto: ¿Puede el capitán pilotar su carraca sin el trabajador? ¿Puede el ingeniero construir él solo las locomotoras, sin el obrero? Sin embargo, el trabajador tiene que mendigar trabajo con el sombrero en la mano, ha de quedarse como un perro al que van a apalear y reírse de los chistes malos que hace el jefe, aunque no tenga ninguna gana de reír, sólo para poner de buen humor al capitán o al ingeniero o al maestro o al capataz o a quien tenga autoridad para decir las palabras decisivas: “Queda usted contratado”.
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¿Quiero tener trabajo?
Estoy perdido. Esa pregunta la temía más que a las trompetas del arcángel San Miguel el día de la Resurrección. Lo normal es que sea uno mismo el que vaya pidiendo trabajo. Es una ley invariable que existe desde que hay trabajadores. Y si no he ido nunca a preguntar, ha sido por miedo a que alguien me dijera que sí.
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[...] No hay que acercarse demasiado a donde se está trabajando porque una vez que te acercas, es fácil que a uno se le ocurra decirte: “¡Eh tú, échame una mano!”. No quiero ni pensar en eso. ¿Para qué, si no me lo van a pagar? Y luego van por ahí colgando carteles en las oficinas y en las fábricas que dicen: “¡Haz más!”. La explicación te la dan gratis en una hoja que te dejan en tu puesto de trabajo: “Haz más. Porque si hoy haces más de lo que se te pide, si hoy trabajas más de lo que te pagan, llegará un día en que te paguen por lo que has trabajado de más”.
Hasta ahora nunca me han podido engañar con eso; por eso no habré llegado a ser director general de la compañía Pacific Railway and Steamship. En los periódicos dominicales, en las revistas y en las declaraciones de los hombres de éxito se puede leer que sólo gracias a ese trabajo adicional voluntario, a la ambición, a la aplicación y al deseo de poder dar órdenes, más de un humilde trabajador ha llegado a ser director general o multimillonario, y que quien obedezca esta consigna a conciencia tendrá igualmente acceso al puesto de director general. ¡Pero si en toda América no hay tantos puestos de director general ni de multimillonario! ¿Me voy a tirar treinta años trabajando cada vez más y más, sin que me paguen más, sólo porque puedo llegar a ser director general? Seguro que si luego se me ocurre preguntar: “Bueno, ¿qué pasa con el puesto de director general? ¿Sigue sin quedar ninguno libre?”, me contestarán: “Lo siento mucho, pero de momento no hay nada. Siga trabajando e firme, que no le perdemos de vista”. Antes se decía: “Cada uno de mis soldados lleva el bastón de mando en la mochila”. Hoy se dice: “Cada uno de nuestros obreros y empleados puede llegar a ser director general”. Desde pequeño yo ya vendía periódicos por la calle y limpiaba botas, desde los siete años me tuve que ganar la vida, pero hasta hoy no me he convertido en director general ni en multimillonario. Los periódicos que vendían de jóvenes los multimillonarios y las botas que limpiaban tienen que haber sido completamente distintos a los que me tocaron a mí.
El barco de la muerte (1926), B. Traven.